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La ninfa de los bosques

Salió al alba. Se peinó su larga cabellera dorada, la recogió en una preciosa trenza y ciñó sobre su cabeza una hermosa corona de flores silvestres. Su piel era blanca y su voz dulce, tan dulce como el sonido del agua que discurre por el manantial donde vive. Vestía una fina y larga túnica de seda blanca, sobre la que colocó una capa de color azul con pespuntes rojos y dorados. En poco tiempo, debía guardar esa capa y cambiarla por una negra, pues los días cálidos empezaban a quedar atrás dando paso al frío invierno, que estaba a la vuelta de la esquina. Sacudió sus alas, prácticamente imperceptibles y casi transparentes. En su mano, no faltaba su vara de espino, la cual brillaba con una luz diferente cada día de la semana.
Sus pies descalzos empezaron a recorrer, como cada mañana, las sendas del bosque que guardaba. Sus misiones, ayudar a los animales heridos, a los árboles partidos por las tormentas o los ojáncanos, a los enamorados, a aquellos que se extravían en la frondosidad del bosque, a los pobres y a los que sufren.

Dice la tradición que durante el equinoccio de primavera, en la media noche, las anjanas se reúnen en las brañas y danzan hasta el amanecer cogidas de la mano, esparcen rosas, y quien logre encontrar una de estas que tienen pétalos púrpuras, verdes, áureos o azules, será feliz hasta la hora de su muerte.